Nunca llueve a gusto de todos. Unas veces, comienza la gota a caer tímidamente, otras de sopetón como si nunca hubiera un mañana. Con frecuencia toca llorar y reír en el mismo día. Alguien te da la vida durante un momento y alguien muere sin previo aviso y mata todas tus alegrías.
Esos días grises tienen un encanto especial porque no sucede nada relevante y el tiempo pasa sin pena ni gloria abducidos por la rutina . Deberíamos de reivindicar la falta de emoción, el silencio, el cómodo pasar de las horas sin interferencias. Así, bostezando la tarde y recurriendo a los libros amontonados sin lectura o repasando viejas fotografías como este túnel al final del camino. Y siete meses después, retorno al mundo.
